Durante una guardia costera, la niebla borró referencias y la boya dejó de emitir. El plotter estaba saturado de capas y avisos. Rehicimos el trazado sobre la rosa, recalculamos el abatimiento, y estabilizamos un rumbo constante que devolvió coherencia a la imagen mental. Cuando apareció un claro, la marca real coincidió con la estimada. La lección fue contundente: depurar información, volver a lo esencial y permitir que la geometría guiara las decisiones, salvando tiempo y combustible mientras disminuía el estrés de toda la tripulación involucrada en aquel turno complejo.
Un capitán veterano pedía a cada oficial anotar, antes de la marea de datos, un rumbo razonado y una corrección probable por corriente. Su cuaderno cuadriculado era un puente entre experiencia y método. Al comparar predicciones con resultados, afinaba intuición y disciplina. La rosa, dibujada a mano junto a cálculos simples, evitaba delegar criterio a pantallas. Años después, muchos recordaban cómo ese hábito reducía discusiones, alineaba lenguaje y aceleraba maniobras, demostrando que el diálogo entre lo humano y lo geométrico produce decisiones más confiables bajo presión sostenida de operaciones continuas.